La última nota de la partitura estaba en su lugar, el tablero lleno de borrones y manchas negras que hacían confusa la lectura de las notas, hacía un gran reflejo en la esquina del cuarto donde el violín por fin descansaba. Mariano busco la caja de cigarrillos, sacó un “Winston”, uno de esos cigarrillos baratos que le vendía la señora de la esquina de su casa, lo prendió, y mientras sus manos temblaban se quedo mirando las notas por un instante. Después de fumar más de la mitad del cigarro saco la mano por la ventana y lo tiro a la calle. Armado de valor agarro su violín, salió a la calle de dos golpes, y se monto en un bus que lo acercara al “Highgate”. El cementerio otra vez lo recibía con sonidos estremecedores, en una noche que se partía en dos, una para a aquellos que aun vivían y otra para las almas errantes del lugar.
Era tarde otra vez cuando Mariano se asomo a la ventana y vio como los carros londinenses hacían estremecer la tarde con sus sonidos infernales. Se acerco a su violín, busco su arco de madera roja y crin dorado y empezó a tocar una de sus cuantas composiciones. Sus brazos tan agiles como el viento, su idea loca del amor y su alma se veían todas juntas bailando un vals de sentimientos que al final eran puro deseo. –Che que raro se siente tocar sin público.- pensaba mientras movía su cabeza hacia atrás en señal de satisfacción por el sonido que emitía el violín. Después de leer un poco, cuando ya la calle parecía vacía, Mariano salía a buscar un poco de aire fresco y algo que lo emborrachara. Todas las noches se encontraba en bares diferentes hablando de cosas sin importancia con gente de menor importancia aún.
–Morir es una sensación, vivir es todo, el problema es saber que es todo.- sonaba la copa de vino estrellarse contra la mesa.
-Estas equivocado, la muerte no es ninguna sensación, es tan solo un momento, por el que todos pasaremos.-
-Que poco profundo sos vos, che mejor me voy, no sabes ni hablar, mucho menos sabes que es la muerte.- Mariano agarraba su chaqueta y salía del bar enfurecido. Casi siempre era la misma historia, todos los días se peleaba con alguien diferente por un tema parecido. Si no era la muerte, eran los hinchapelotas, los snobs, la vida y cuando alguien quería por alguna extraña razón meterle el tema de la música él lo interrumpía con una frase que mataba cualquier oportunidad de conversación. –La música es la madre de todo, de ella no hables boludo.- Al final de las noches llegaba un poco ebrio y con unas cuantas discusiones encima. Algunos decían que le encantaba ver como la gente hacía el mundo mientras él veía como lo hacían y cuando digo algunos me refiero a Sophie. Ella lo había conocido en un bar mientras el peleaba con el barman sobre cómo debía ser servido un gin-tonic. Sophie, cansada de verlo pelear durante horas por una insignificancia le dijo en ingles pensando que era británico: - I´d been around this town for ten years now, and you know what? You are the biggest crook I’ve ever heard. - Mariano después de reírse del inglés le dijo con voz sutil: -Es una cuestión de gustos niña, a mí no me gusta un trago mal servido pero si a ti te gusta pues tómalo. Y ya lo sé, tú no eres europea, se te nota en tu hablado y forma de caminar, solo los de mi continente hablan de esa manera tan inapropiada.- Sophie después de tomar la copa y beber un poco, dejo perder sus ojos en la profundidad de los de Mariano que parecen tener unas cuantas historias atrás. –Pues sí- dijo Sophie después de sentarse.-Yo soy colombiana, mi madre era de acá, pero nunca la conocí, viví mi vida entera en España y hace diez años que ando buscándola.- Hablaron por horas, le resultaba fácil a ella sacarle palabras amables a Mariano. La cajetilla de cigarrillos se acabo, las copas los dejaron tan ebrios que ni podían caminar de vuelta a la casa de Mariano y una vez fundidos en la oscuridad y en la borrachera sintieron como sus labios se entrecruzaban, era como una lista de deseos, -¿Que quieres?- se decían entre las sabanas, que estaban más calientes que el mismo infierno.
Mariano compuso como nunca desde que la conoció, sentía que un viento amable le tocaba el alma y le despertaba todos sus sentidos haciendo que cada vez que agarraba el esfero y empezaba a escribir notas, las canciones le fueran saliendo solas sin necesidad de nada más. Siempre decía que morir estaba bien, no excelente pero bien. –Morir está bien che, igual no he hecho mucho y no haré más en esta vida.- Sophie solía fumar, pero al pasar tanto tiempo con Zucu, como ella le decía por su segundo apellido Zuculini, que por cierto le parecía divertidísimo y le había causado una tarde entera de risa, había empezado a odiar el cigarrillo, no solo le daba asco pero se sentía un poco enferma al lado de él. Mariano no le paraba atención a cosas como esas, él decía que el cigarrillo era mejor que la comida y si la juntabas con un buen mate, pero no de los que compraba en Inglaterra sino uno de esos que compraba en la plata, era como morir por unos instantes para después regresar con unos años menos. –Los años no pasan solos, debes saber eso Sophie. Siempre te encontraras bajo la misma piel y casi siempre bajo el mismo lugar, pero nunca con los mismos años.- Por las noches juagaban a aprenderse nombres en francés y después decirlos en voz alta, los famosos valían doble y los suramericanos con apellidos franceses valían triple. –Rocamadour- Decía Sophie con voz ligera y una sonrisa en la boca. –No, Sophie siempre decís el mismo. Vos sabes que odio a la maldita maga por no ver en Horacio esa gran mente que era. Pero bueno los uruguayos son así, y, ¿qué le haces? Nada, te tragas todo como un pelotudo.- Mariano se exaltaba y abría un álbum de esos viejos que tenia de los mundiales. –Zinedine Zidane, que grande soy, este vale tres por ser un fenómeno- Sophie se reía y después le daba un beso en el cachete. –Zucu contigo no puedo jugar nada, siempre empiezas con que es un fenómeno y merece más puntos que los demás, eres tremendo.- Los dos reían y terminaban haciendo el amor como dos adolescentes.
Pasaron más de seis meses donde ellos caminaban por todos lados, Mariano decía no buscar ninguna verdad, solo andaba metido con su nariz roja llena de mocos en todos los auditorios de Londres, a veces la llevaba a ver pianistas y otras veces simplemente la obligaba a oír un poco de Fito Páez. Ella nunca lo confesaba y juraba ante la presencia de Mariano odiar la música de Fito pero cuando estaba sola se la pasaba cantando todas sus canciones y dentro de ella sabía que le encantaba furiosamente. –Esos argentinos, siempre cantando sobre la existencia. Deberían aprender de los grupos de acá o de los de vallenatos de mi país, eso sí es puro sentimiento. Por el otro lado Zuculini solía decirle a Sophie que le guastaban los vallenatos que le mostraba pero por dentro los odiaba con tanta fuerza que a veces, solo a veces deseaba que Sophie fuera inglesa y no colombiana. Algunos días Mariano ni aparecía, al siguiente día aprecia y decía que era una cuestión de muerte, y sin dar más explicaciones se envolvía en los brazos de Sophie. Ella siempre le pidió que le compusiera una canción pero él siempre le respondía: -No Sophie, yo no escribo de amor, para mí las mujeres son la muerte, son como las drogas, te dan un poco y cuando volteas a ver puff ya ni están.- se agarraba el pelo, la miraba a los ojos y le daba un beso para evitar que ella respondiera.
Pasaron más de ocho días sin que Mariano supiera nada de ella, tan desesperado, la busco en su apartamento donde no encontró nada. En las noches la buscaba en todos los bares a los que ella iba. Llamo a sus amigas, amigos y a sus poco familiares que conocía y nadie sabía nada de ella. Se sentía en una caverna, una caverna donde solo veía sombras, unas sombras que prometían irse con el tiempo pero siempre estaban ahí marcando el presente, futuro y pasado. Se canso de buscarla, se decía así mismo: -Che, siempre lo sabes, te dan señales de que ya no te quieren, y vos igual seguís atrás como un perro. Sos como Calamaro, solo te falto esperarla bajo la lluvia.- Ya no había nada que escribir, Zuculini se la pasaba bebiendo en bares, hablando sobre las mujeres, brindaba con extraños y decía en cada brindis:-Brindo por las mujeres que derrochan simpatía y brindo con lo que caiga hoy en la copa, eso si todo por Andresito- Andresito era Calamaro, otro artista más de esos argentinos que le rompían la cabeza cada vez que los oía. Ya ni siquiera metía su nariz en auditorios polvorientos, tan solo se emborrachaba y tocaba. “The sun” todos los días lo hacia reír mas. –La reina se rompió un brazo, que quilombo- se reía de sus palabras y fumaba su cigarrillo viendo la ceniza caer en un cenicero que le había regalado Sophie con la bandera de su Estudiantes de la Plata. Después de leer casi todas las noticias, vio en la última parte, en el extremo derecho con una letra mínima un encabezado que decía:
-Deadly horror show-
Sophie Arango died at the age of 35. She was murdered by two guys, which by the description gaved by the only witness who appeared to be in the crime scene, where two clochards. “They had a face of living strangers, and by the way they acted, they seemed to have a trip on.” She is going to be buried in the “Highgate” cemetery this Tuesday.
-Charles Drendon-
Llegado el martes, y sin ser invitado a ningún velorio, Mariano se vistió con su mejor atuendo, ese que solo usa cuando va a tener uno de esos conciertos que él llama “Glamur, y del puro” salió comiéndose las calles poco a poco hasta llegar al cementerio. El padre ya había empezado la misa, había mas de cien personas algo que se le hacía raro a él, pues nunca imagino que una colombiana que le gustaba el vallenato tuviera tanta gente en su funeral. Todo ocurrió con normalidad, después la enterraron y el vio como el cajón bajaba lentamente a su hueco. En la inscripción de la lápida había una frase que ella siempre decía: “Hay que bonita es esta vida”. –Che, esos colombianos no saben que la vida es amarga, y que cuando uno menos se da cuenta, puff te llevo el putas.- Mariano creyó no sentir nada, pero al pasar los días su vida cada día se volvía más insoportable. El violín era algo del pasado, ya ni quería oír música, los partidos del pincha los veía perdidos antes de que empezaran y su gran ídolo Pete Doherty se le hacía cada día menos interesante. No pasaba una noche sobrio, no había día en que no tuviera que ir tres veces a comprar cigarrillos. Fumaba como si fueran de dulce, se le acaba el tabaco y empezaba a contar los minutos que duraba sin ver el humo salir del siguiente cigarrillo. Se acordó de lo último que le había pedido Sophie. Ella quería una canción y él, a pesar de no querer hacerla encontró ahí una manera de pasar el tiempo.
La última nota de la partitura estaba en su lugar, el tablero lleno de borrones y manchas negras que hacían confusa la lectura de las notas hacía un gran reflejo en la esquina del cuarto donde el violín por fin descansaba. Mariano busco la caja de cigarrillos sacó un “Winston”, uno de esos cigarrillos baratos que le vendía la señora de la esquina de su casa, lo prendió, y mientras sus manos temblaban, se quedo mirando las notas por un instante. Después de fumar más de la mitad del cigarro saco la mano por la ventana y lo tiro a la calle. Armado de valor agarro su violín, salió a la calle de dos golpes, y se monto en un bus que lo acercara al “Highgate”. El cementerio otra vez lo recibía con sonidos estremecedores, en una noche que se partía en dos, una para a aquellos que aun vivían y otra para las almas errantes del lugar.
Saco del estuche su violín, limpio el arco, suspiró y dijo con una voz fuerte: -Sophie no soy de cursilerías, pero esta canción es una sola cursilería, espero que te rompa la cabeza como lo hizo conmigo, espero que encuentres en ella el amor que en mi a veces no encontraste.- El arco toco la cuerdas con vehemencia, la lluvia empezó a caer sobre el cuerpo de Mariano, un cuerpo que ya ni le pertenecía. Al terminar puso el arco en la tumba de Sophie y con una frase cerro todo pacto que la muerte quisiera de él. –Che te doy mi arco como señal de amor, te llevaste mi alma y ahora te dejo mi cuerpo.-
F.B.G