martes, 15 de febrero de 2011

Durmiendo ando.


Frente a los ojos de este niño, de tan sólo 14 años, se paraba todos los días de la semana un adulto, que decía enseñarles las cosas de la vida en un tablero, al igual que a sus otros compañeros de clase. Él se llamaba Guillermo, un nombre común, dentro de un pueblo común, dentro de un mundo común, pero sin ser él uno de ese común. Lo que tenía Guillermo de especial es que veía las cosas del mundo de otra manera, no se conformaba con lo que le decían, si no que siempre estaba delante de las cosas y él mismo veía las cosas a su manera.

Desde bien chiquito, Guillermo empezó a darse cuenta que no necesitaba que nadie le enseñara las cosas de la vida, que él mismo quería aprenderlas observando la naturaleza y utilizando puramente la lógica, que siempre lo acompaño en su vida.

Guillermo estaba trabajando, en clase, en un problema muy sencillo, que se trataba de poder calcular cuánta gente había en el salón por medio de una especie de sumas de filas, pero sin tener que hacer el proceso de la adición. Sus otros compañeros, mientras tanto, estaban leyendo las hojas que el profesor les había puesto acerca de la colonización española. Guillermo no había dormido muy bien la noche anterior, por lo cual estaba muy cansado, y, mientras hacía su problema personal de suma de puestos, empezó a cabecear, cada vez más veces, hasta que se quedó dormido en su pupitre.

Mientras dormía, tuvo un sueño muy extraño, en el que él ya era una persona grande, que iba navegando en un bote por el mar. No sabía exactamente dónde estaba, pero algo le decía que estaba por el mar Mediterráneo- aunque él no conociera Europa en lo absoluto- sin destino ni rumbo alguno.

Era de noche, se veían las estrellas en el cielo y reflejadas en el mar, lo que causó una gran curiosidad en este Guillermo ya grande, que se puso, entonces, a contemplar las estrellas. Se preguntó cuál fue el origen de nuestro universo, de dónde venían esas estrellas, qué nos mantenía en constante movimiento en órbita al sol. En ese instante fue cuando todo cambió y de repente Guillermo empezó a ascender hacia el espacio. Llegó tan lejos que tenía el sol quemándole la espalda y la cola. Pero eso no lo detuvo para admirar el universo en su completa desnudez. Quedó asombrado por ver que su planeta no era el único que se movía, si no que el universo estaba en movimiento también.

De alguna manera logró impulsarse tanto para poder admirar nuestra galaxia desde más lejos. Vio todos los planetas de nuestro sistema solar y vio otros sistemas solares de nuestra galaxia, al igual que vio también otras galaxias. Vio muchos colores en la grandeza del universo, pero se dio cuenta de que eso era todo, sólo veía estrellas y planetas. Luces que no podía reconocer veía, sin saber dónde su hogar estaba. Entonces decidió volver por el mismo camino del que venía, sólo que no se acordaba, entonces empezó a ir en línea recta hacia adelante, tomó de punto de referencia una estrella muy grande de color Rojo, que tenía unos anillos de rocas orbitando alrededor. Entonces empezó a ir hacia adelante, pero no encontraba nuestro sol, ni la tierra. Empezó a ir más rápido, desesperado por encontrar rápido su hogar, pero se vio perdido en la inmensidad del universo.

Siguió yendo en línea recta, hasta que algo muy curioso lo frenó y fue que volvió a verse al lado de esa estrella Roja, con anillos de rocas orbitándola, que había tomado como punto de referencia. Sin saber qué hacer, se puso a llorar. Desesperado, se puso a correr mientras lloraba, sin dirección alguna, pero nada lograba sacarlo de ese tormento. Tuvo una idea y fue cerrar y abrir los ojos, a ver si era un mal sueño y lograba despertar. Entonces cerró los ojos y cuando los abrió vio que seguía en el mismo lugar, sólo que esta vez todas las estrellas, planetas, galaxias y todo lo demás se estaba contrayendo, hacia lo que parecía ser un gran agujero negro. Al ver esto supo que él también sería atraído hacia el agujero negro, entonces decidió irse al lugar más lejos que pudiera, pero no sirvió, ya era muy tarde. Esforzado por huir, se veía cada vez más cerca de este monstruo negro. Miro hacia un lado y vio como el planeta tierra era atraído también hacia el centro del agujero negro y vio en el preciso momento en el que este se desintegró. Seguía él, lo sabía, entonces sintió que su cuerpo se movía si él moverse, para adelante y para atrás y fue cuando una fuerte luz entró a sus ojos y lo primero que vio fue el tablero de su clase y a su profesor de historia que estaba moviéndole el cuerpo para que despertara y derramó una lágrima de felicidad al darse cuenta que sólo había sido un sueño.

D.W.G.

3 comentarios:

  1. Buen relato pero no existe profundidad alguna, y si a mí tambien me causó gracia.

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  2. Mmmmm... Es el relato de un sueño. ¿En clase de sociales? (jajajaja)... No, en serio, no se trata de un cuento como tal.

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